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One Missed Call (2008)

Creo que es desde la remake yanqui de la japonesa Ringu (1999) que el cine de horror nipón ha sublimado el género en occidente, sino con obras originales, a través de sus reinterpretaciones Hollywoodenses. Vivo bajo el credo de que una remake jamás podrá estar a la altura de su original, al menos si nos molestamos en valorar algo “por ser el primero”. Puedo pensar en excepcionalidades (“adaptaciones”, “re-invenciones” o “reimaginaciones”) pero la religiosa clonación del j-horror deja en todo caso mucho que desear. Tal es el caso de One Missed Call (2008), insípida remake de Chakushin ari (2003) del titán asiático Takashi Miike. La premisa es sospechosamente familiar, y no por tratarse de un remake. Una voz cancerígena hace llamadas telefónicas en cadena anunciando la fecha de muerte del que atiende. Beth (Shannyn Sossamon) es la chica epicentro: sus amigos palman de a uno al tiempo que ella investiga con la ayuda de un abnegado y poco creíble detective, Jack Andrews (Ed Burns, cuya actuación se reduce a un gesto consternado sino diarreico). Los elementos están todos ahí: llamadas telefónicas asesinas (The Ring), muertes gráficas improbables (Final Destination), niños fantasmas pasivo-agresivos (The Grudge) y cualquier otra película slasher que haya dirigido Wes Craven. No importaría tanto si el director de turno, Eric Valette, se molestara en revolver y le sacara los grumos a su menjunje de clichés. Pero digreso. Más terrible aún es la ausencia de miedo, en una película que ostenta asustar, tal vez inquietar. El j-horror es algo más que la suma de sus partes. El terror psicológico que supuran los films es algo más que la impresionabilidad de aquellos demonios que invaden elementos del día a día. Hay un cuidado de la tensión creciente y un manejo del subtexto y el implícito que no transpiran sus clones americanos, donde el miedo queda concentrado en breves exabruptos anunciados a kilómetros de distancia. Con una pobrísima química entre los estelares, una resolución más que insulsa y un guión más barato que su costo de impresión, donde la historia se reduce a vale-todos y qué-acaba-de-pasares… lo más terrorífico de la película es el póster, y sólo hasta que uno lo estudia detenidamente.

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