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Lesbian Vampire Killers (2009)

Lesbian Vampire Killers nace de la nueva vena cinematográfica inglesa explotada por Edgar Wright (director de Shaun of the Dead y Hot Fuzz). Debido al mismo defecto congénito, inserta a una dupla dinámica (interpretada por un famoso dúo televisivo, James Corden y Matthew Horne, de Horne & Corden y Gavin & Stacey), a su vez inadaptados sociales, en una situación de extrema violencia. La trama sigue a dos amigos de vacaciones en una Inglaterra gótico/rural. Como suele ser la costumbre por aquellos lares, uno de ellos es el Elegido, y debe detener el fin del mundo de la mano de, sí, vampiresas lesbianas. Ninguna película nacida de un chiste puede ser tomada muy en serio; Lesbian Vampire Killers lo acepta de entrada y prepara el terreno para una comedia sonsa, sin mayores pretensiones que la de emular el cine de Wright y su dúo fetiche Simon Pegg y Nick Frost. Tal vez la principal dolencia de la película sea que al parodiar el género de terror, adopta su sintaxis, y se vampiriza en el acto, convirtiéndose en una película más. El cine de Wright, siempre más sutil, mantiene el objeto de burla en la periferia, sirviéndose de tal o cual elemento semántico de a cuentagotas. La comedia la encuentra al banalizar los clichés, no al repetirlos y hacer notar que los repite. Y supongamos que adoptamos una posición más laxa en cuanto a la ideología de sus creadores, el director Phil Claydon y los productores de MTV devenidos en escritores, Stewart Williams y Paul Hupfield. Nivelemos con una película clase-B y seamos magnánimos con ella. Comencemos por señalar su magro aporte en materia de lesbianismo, primerísima promesa que se nos hace ya desde el título. La película cuenta con uno de los elencos femeninos más sexuados y filmados en cámara lenta del género, ¿será posible que en ningún momento la cámara pierda pulcritud y se vuelva digna del título que filma? Para una trama que orbita el lesbianismo vampiresco, la sexualidad presentada es marginal. ¿Al año, cuántas escenas de ducha son filmadas del cuello para arriba? Me siento traicionado. En segundo lugar tenemos el ritmo ecléctico de la película. Parece no encontrar equilibrio en ningún departamento artístico. Desde el caricaturesco énfasis en los sonidos hasta la melodramática composición musical, y los desagradables saltos entre el CGI que podríamos encontrar en producciones como Sin City o 300 hasta la escenografía de un Ed Wood o Roger Corman de los ‘50s, completa con árboles de telgopor, la película se presenta heterogénea y desequilibrada. No ayuda que edite James Herbet, mejor conocido como el psicodélico montajista de Guy Ritchie (Revolver, RocknRolla, Sherlock Holmes). Herbert hace lo que sabe hacer mejor: acelerar y lentificar azarosamente escenas que pueden ser bien de acción como las de un personaje que se sienta en una silla. El efecto, bien logrado, desentona con los ya barrocos elementos de la película. En el lado bueno, si queremos encontrar uno, hay más de un diálogo pasable, puntuado por algún destello de genialidad (no tanto las interacciones entre el dúo principal como con los personas menos desarrolladas, la ex de Corden, o el vicario, por ejemplo). Los efectos especiales son de la línea Sam Raimi, a lo Evil Dead: bien logrados, de una estética cruda y risible. No se me ocurriría recomendar esta película por otro motivo que poder decir que vi un film llamado Lesbian Vampire Killers.

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