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Inception (2010)

Ver una película de Christopher Nolan es como sentarse a jugar una partida de ajedrez sin conocer muy bien las reglas y bajo la sospecha de que el otro en cualquier momento va a hacer trampa. La palabra que busco no existe. Es una glosa hipotética entre ‘incomodidad’ e ‘incertidumbre’. La narrativa fragmentaria de Following (1998), la estructura inversa de Memento (2000) y las tramoyas visuales de The Prestige (2006) son algunos buenos ejemplos. Películas que invitan al espectador a participar atónito en su devenir. Aún si nos cuesta seguirles el ritmo, el ejercicio nos cae gratificante. Una suerte de masoquismo del saber, donde disfrutamos perdernos en la lógica de la historia y buscar la salida a tientas. Inception (2010) es su película más nueva, costosa e intrincada, por sobre todo intrincada. Nolan tardó tan solo diez años en escribirla. Luego de resucitar y colgar la franquicia de Batman, regresa a los guiones originales y los malabares narrativos. Cobb (Leonardo DiCaprio) es un profesional del arte de “robar ideas”. La tecnología del mañana nos permite infiltrarnos en los sueños de los demás para robar sus ideas, que cotizan bastante en el hostil mundo de los conglomerados y multinacionales. El líder de una de estas contrata a Cobb y a su equipo, no para robar una idea sino más bien implantarle una a un enemigo corporativo, con tal de que disuelva su imperio y elimine parte de la competencia. Implantar ideas, no obstante, es tanto más difícil que robarlas. La mente las reconoce como foráneas y las rechaza instintivamente. Cobb y compañía deben diseñar, implantar y sortear espacios laberínticos en la mente del joven Robert Fischer e internarse en “sueños dentro de sueños dentro de sueños” (potenciados hasta el infinito, tal vez) para escapar sus defensas, a todo momento sincronizando y calculando sus respectivos escapes de cada círculo de ensueño. Agotadora y jaquecosa. Una suerte de Matrix onírica, acomplejada por la lógica del subconsciente humano, más complicada y menos pretenciosa que el pastiche mitológico de los hermanos Wachowski. Como en la mayoría de las películas de Nolan, la gracia es vivirlas en ese estado mezcla de estupor y confusión. Articula tantas variables, personajes, dimensiones y realidades difusas que pasamos los primeros veinte minutos sobrecogidos. De ahí en más la acción se desarrolla con Cobb o equipo explicando qué sucede y por qué, lo cual nunca termina de simplificar la película, si bien la exacerba de exposición. Actúan los veteranos “alumnos Batman” de Nolan, Cillian Murphy, Ken Watanabe y Michael Caine, los excelsos desconocidos televisivos Joseph Gordon-Levitt y Tom Hardy, la joven Ellen Page en un papel que sobrevive los lugares comunes de la adolescencia en el cine y Marion Cotillard como Mal (¡símbolo!), el fantasma de la mujer de Cobb, que le persigue entre sueños y le gustaría que su marido no se despertara y le acompañara por la eternidad. Diciendo lo menos, la relación es enfermiza. Cobb será el ladrón, pero Cotillard roba todas sus escenas con la facilidad de su espeluznante presencia. Dicho sea de paso, ¿Leo DiCaprio no era ya perseguido por la memoria de su difunta esposa en Shutter Island? ¿Y no se le muere otra en Revolutionary Road? No recuerdo un solo papel que lo tenga felizmente casado al final de una película. Tal vez la palabra que buscaba era grandioso, hablando desde la grandilocuencia. Desde la ominosa banda sonora de Hans Zimmer, compositor de música sublime por excelencia (aquí entre sutil y tronadora) hasta los efectos especiales que literalmente enrollan ciudades, recrean peleas en gravedad cero y coreografían algunas de las persecuciones más entretenidas desde la misma Dark Knight (2008) hasta clásicos como Bullitt (1968) y The French Connection (1971). Nota mental hecha a lo largo de la película: ¿por qué todos los sueños invariablemente desembocan en tiroteos? La película honra todas las convenciones de los géneros que toca – acción, ciencia ficción, crimen, thriller – pero por otro lado ostenta una rara pureza. Tal vez sea el orden y la importancia que le da a estos elementos, o la naturaleza espiralada de su historia. Lo cierto es que la laberíntica Inception es una de las pocas experiencias originales que Hollywood puede ofrecer estos días, y estoy listo para perderme en ella cualquier otro día.

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