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Growth (2010)

Desde que Mary Shelley no encontrara nada bueno en la televisión y en su aburrimiento se pusiera a escribir una fría noche de invierno allá por 1818 El nuevo Prometeo, los científicos en la ficción no han hecho más que causar problemas. Son todos locos que crean monstruos, o buena gente que [accidentalmente] crea monstruos. La paranoia atómica cincuentona de la guerra fría terminó de cimentar el estereotipo. Recuerden The Beast of Yucca Flats o los bochornos de Ed Wood. El científico en Growth es uno de tales estereotipos. Tiene bata blanca y algo le sale mal. Curioso como todos los experimentos genéticos últimamente convierten a la gente en zombis, si por zombis nos olvidamos del canon de George A. Romero y ampliamos la definición a cualquier idiota infeccioso inyectado de adrenalina con proclividades violentas y un severo caso de acefalía. En una isla de nombre chistoso uno de estos experimentos sale mal; un tiempo después, en una de las excusas más inverosímiles jamás usadas para situar a un grupo de adolescentes ilusos en un sitio que los matará de a uno, la sobrina del tordo principal (y amigos) llegan a limpiar el lugar y cobrar herencia. Caos, acto seguido. El desastre científico se traduce en una especie de sanguijuela, plaga de la isla, que se mete bajo la piel a lo Momia y zombifica al sujeto. En un intento desinteresado de originalidad, el comienzo está construido a modo de “falso documental”. Lo que se muestra es más gracioso que otra cosa. Imaginen una cruza entre The Office y una película de zombis. Michael Cowan es el escritor/director. Actúan los sospechosos de siempre, de series televisivas adolescentes – la chica líder/sobreviviente, el nerd, la perra, el popular. Richard Riehle es el científico bueno, Ian Patrick Williams es el malo. Growth queda dividida entre los vergonzosos discursos cuasi-científicos acerca de evolución y progreso, y escenas inconexas de adolescentes corriendo por el bosque. La historia, de ritmo flácido y tensión brillantemente ausente, cae en todos los lugares comunes, ahondando en cada pozo con saña. El diálogo en particular: 45% expositivo, 45% de stock, 10% onomatopéyico. El énfasis recae sobre los efectos digitales y el asco relativo ocasionado por esos gusanitos subdérmicos. Palabra recién inventada.  

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