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Buried (2010)

Los feriantes de principios de siglo presentaban al cine como una atracción más, al lado de la mujer barbada o el hombre más fuerte del mundo. El ilusionista devenido en cineasta Georges Meliès vivía de este tipo de atracciones y la “magia del montaje” que descubrió al empalmar por primera vez un plano vacío con uno con gente dentro: la magia de la aparición. La premisa de Enterrado (Buried, 2010) es exactamente la misma: el mago la promocionaría como “¡Pasen y vean! ¡Noventa y cuatro minutos bajo tierra!” y debajo aparecería el subtítulo “¡La cámara no sale del ataúd!” Paul (Ryan Reynolds) despierta en la oscuridad, enterrado en un cajón. Salve tecnología: tiene un celular con carga, batería y señal a mano. Pasan los minutos y estamos atentos a ver cómo se sostiene una película con una premisa tan extraordinaria. Molesta que jadee tanto, y la llama intermitente del encendedor. Mientras tanto, comprobamos que la cámara está atrapada con Paul en el cajón, y apenas se permite un poco de espacio para encuadrar mejor al presunto cadáver. La película no cuenta con las variables del género. No hay flashbacks. No hay montaje paralelo. Nada permite escapar los lindes del cajón. Ni siquiera la imaginación de Paul, que está tan confinada al entierro como su propio cuerpo. Sólo poseemos las extrañas voces que nos llegan del otro lado de la línea telefónica: operadores aburridos, ejecutivos ambivalentes, un terrorista de voz gangrenada y muchos, muchos contestadores automáticos. Estas, efectivamente, conforman el reparto secundario. Escena por escena la trama avanza y nuestra mente suple las imágenes que la película rehúsa dar. Como dijo el teórico Jean-Louis Comolli, en cualquier cine hay dos proyecciones a la vez: la película en la pantalla y la película en nuestra mente. O mejor puesto, la película en la pantalla y el espectador en la película. El proceso de extrapolación es del todo efectivo: la premisa, el truco y el prestigio del film, si se quiere. El designio del realizador/montajista Rodrigo Cortés es atrapar no sólo a su personaje sino a la audiencia dentro de ese cajón. Reynolds es un actor de reparto mediocre que ni siquiera domina la escena en una película donde el elenco es él: es el montaje el que logra sostener la media hora que dura la película. La experiencia es la de una lección sobre ritmo y edición, los cuales configuran y crean escenas, secuencias, humores y varios grados de sensibilización y terror, en un intento de enclaustrar y sofocar al espectador. Otro elemento meticulosamente tallado y explotado es la iluminación, por paradójico que esto suene. El encendedor suple un cálido pero inestable amarillento, el azul de la pantalla de celular tiñe de frío neón, unas barras fosforescentes pintan el espacio de verde tóxico (irónicamente acorde a la situación, como se verá) y una linterna que no funciona muy bien enrojece la imagen. Son algunos de los trucos a los que recurre Cortés para que el ojo no se aburra y de paso auxilien la atmósfera de la historia, dependiendo en el estado en el que se encuentre en el momento. Tachar a Enterrado de efectista es lo de menos. La película exude esta cualidad. Cuenta con una premisa de feria a la cual se apega religiosamente, sin recurrir al artificio o el engaño, y por ello será recordada. Eso, y la confortable ausencia de “gringadas del guión”, probablemente mantenidas a raya por la intervención de España como país co-productor y mayoría de técnicos. Enterrado está demasiado cómoda en el género “espacios cerrados”. Su técnica – y un final que resignifica probablemente toda la película – la ubican entre y encima de las otras.

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