Username:

Password:

Fargot Password? / Help

Peliculas

0

Scott Pilgrim vs. The World (2010)

Hay dos formas de disfrutar Scott Pilgrim vs. The World. Una es tener quince años y un diario privado. La otra es haber tenido quince años y una Nintendo. Apela al afecto por el afecto mismo, o al afecto por el estilo retro, que no por ser retro dejar de ser un estilo, y, como cualquier otra película puramente estilística, superficial e insustancial. El mundo al que refiere el título es el real, con la diferencia que obedece las leyes del video juego, y el epónimo Scott Pilgrim debe valerse de la lógica del video juego para navegarlo. Es decir que los exes de su novia que le dan constante lucha en realidad son jefes de pantalla, con puntos débiles y barras de vida; que cada uno representa un nivel, que estallan en miles de monedas cuando se les vence, que Scott puede recurrir a combos de golpes, que gana puntos de experiencia por batalla y que hasta recibe 1ups (“vidas”) de vez en cuando, con las que puede “volver a jugar” si llegara a perder. Si alguna vez fuimos del vicio de la generación bit y crecimos con Mario y Mortal Kombat, entonces esta es la película para nosotros. Al diablo con su ridícula historia de amor, como todas aquellas ridículas historias que contextualizaban las aventuras de Donkey Kong. Lo que queremos es ver la semántica del video juego adaptada al cine. Y si el comic de Brian Lee O’Malley (base de la película) es gracioso, tanto mejor. Los gags y viñetas de acción sobre los que se construye el humor de la película recuerdan a paneles de tiras cómicas y los súbitos saltos temporales de un cuadro a otro. La historia es la de chico-conoce-chica (y-luego-lucha-contra-sus-7-ex-novios). Scott (el pusilánime Michael Cera de la serie Arrested Development) conoce a Ramona Flowers (Mary Elisabeth Winstead). A continuación, el resto; así hasta la batalla final. La sensibilidad estética con la que todo se cuenta raya lo camp – sensibilidad que nunca termina de formar una idea y se preocupa más por la textura de las cosas y menos por su contenido. Los video juegos de por sí presentan estéticas tan diversas y contradictorias que vale la pregunta, ¿cómo crear un verosímil que la audiencia pueda apreciar y aceptar, cuando el verosímil común a todo video juego es un gran vale todo? Toda ley y toda lógica tiene su excepción, su anomalía, su contraseña secreta: nos enfrentamos a un fuera de campo que alberga infinita cantidad de elementos, inabarcables e imposibles de resumir y digerir. De allí el desdén del espectador común y la inevitable resignación “a lo que venga”. El director es Edgar Wright, lejos de su Inglaterra natal y el sardónico humor de sus películas Shaun of the Dead y Hott Fuzz. Con esta película, Wright deja de parodiar géneros y pasa a encarnarlos absolutamente. Le sale bien. Muy bien. Su película será un hito dentro de la incómoda simbiosis que existe entre cine y video juego (películas hechas juegos, y viceversa) desde que una sarta de ilusos filmara Mario Bros. en 1993 y condenara el futuro del video juego en el cine. El material con el que trabaja Wright está bien seleccionado. Se concentra en la generación kitsch de los ‘90s, con juegos de arcade y los más ingenuos Sega y Nintendo. No milita por el video juego como algo más allá del entretenimiento banal, como nos gusta pensar a aquellos que jugamos Half-Life, Silent Hill, ICO, Shadow of the Colossus o BioShock. Simplemente se vale de las luces y colores de una estética desaparecida para inspirar a la generación que la apadrinó, una bonita retrospectiva que será apreciada por los más enamoradizos y los más nostálgicos. Y a la salida, el gusto de glucosa en la boca, y la sensación de que han estado jugando con nuestras cuerdas sentimentales sin ningún tipo de consecuencia.

0

Fase 7 (2010)

¿Hace cuánto que queremos que El Eternauta se haga de plata en la pantalla? Luego del aborto del millonario proyecto de Lucrecia Martel y aquel simpático corto que Enrique Piñeyro realizó para algún BAFICI, la posibilidad de adaptar la novela gráfica de Oesterheld y Solano López al cine parecía aún más remota. Enhorabuena llega Fase 7. Un edificio residencial es puesto en cuarentena. Luego, el típico montaje de noticieros desconcertados hablando de pandemia e infecciones. Un grupo de vecinos desconcertados empiezan a jugar a la política entre sí. ¿Qué hacer con los infectados, cómo administrar las provisiones, qué ocurre afuera y cuánto durará? Cada uno es una postura ideológica. Y la retórica tormenta se está acercando. Hablar del estilo de Fase 7 es quebrar gran parte de la sorpresa que depara al público. Es, en principio, una comedia de humor color negro azabache. En segundo lugar, pertenece al género de la ciencia ficción – por su planteo apocalíptico y varias referencias a El Eternauta – y no en menor medida al de terror – por la copiosa sangre que va tiñendo las paredes del edificio. Invoco el poder del SPOILER para advertir a lectores que seguir leyendo pone en riesgo la magia y el efecto de la sorpresa del filme. Ya. Ahora imaginemos un contexto a lo Eternauta, localizado en un edificio a lo REC y hecho realidad por la cámara de Quentin Tarantino. Un muy, muy sanguinario Tarantino. Y lo menciono no solo por la políticamente incorrecta violencia que repentinamente degustamos, sino también por su manejo del grotesco, del costumbrismo y su explotación a modo de parodia. Sumemos a esto un efecto del cual el propio Cronenberg estaría orgulloso – tan bien realizado que su sola aparición cambia rotundamente el tono y dirección de la película. Repasemos el elenco: comprende al enclenque de Daniel Hendler como un improbablemente heroico Juan Salvo; la muy embarazada Jazmín Stuart como una arpiesca Elena; su vecino Yayo como un cerebral Favalli que se las sabe todas y a Federico Luppi en un papel de los que penetran la cultura popular nomás con salir del cine recordando su presencia y recitando sus líneas. Las referencias al Eternauta son inevitables. La catástrofe mundial. La residencia que resiste. Los sobrevivientes albergados dentro. El icónico traje que vimos en los afiches y estamos esperando a que Hendler se lo calce. El silencio de los muertos afuera y los sonidos de saqueo que se aproximan. El director de Fase 7 es Nicolás Goldbart. Montó Los paranoicos, también con Hendler y Stuart. Hay una referencia a eso también. Supongo que la película es una construcción a base de referencias. Una construcción que a veces parece collage (la peli tiene nada menos que tres finales, uno tras otro). Nada de esto desmerece el diestro manejo del verosímil de Goldbart, y su impecable habilidad para crear tonos y ambientes y luego desdoblarlos por completo, sólo para rectificarlos en algún momento en el futuro. Este tipo de batuta es difícil de encontrar y estoy seguro que, mientras Goldbart sepa reinventarse y buscar nuevas rutas, representará una encomendable adición a la filmografía argentina.

0

Insidious (2011)

Cuando uno ve Insidious no puede dejar de evitar pensar en aquellos cuentos y series que se leían y veían en la niñez. No lo digo como algo malo sino como algo a favor, ya que creo que esa era la intención de James Wan y su equipo. Eso y asustar cada diez minutos. La película está construida con varios “set pieces” cuyo único motivo es provocar el miedo en los espectadores aunque no todos funcionan, pero la mayoría están bastante bien conseguidos. Desde rostros en la oscuridad, hasta siluetas demoníacas, pasando por niños fantasmas. Todo un espectáculo para provocar el miedo en los espectadores. Porque Insidious no es más que una película de terror clásica, donde uno termina pensando en cintas como 13 Fantasmas de William Castle, alguien que utilizaba cualquier truco para provocar el espanto en los espectadores. Pero además de Castle, también es notable la influencia de Mario Bava (vean donde ocurre el final y la escena de los maniquíes, algo digno del director italiano, inclusive hay zooms que recuerdan a sus producciones). Lo mismo pasa con el maquillaje que utilizan los fantasmas. Pueden parecer ridículos o hasta inclusive pueden dejar de impresionar pero ¿acaso al cine de terror clásico no se le critica eso? Lo gracioso es darse cuenta de que parte corresponde a sus creadores. Toda la primera parte con sus fantasmas y sus sustos son de Oren Peli, director de Actividad Paranormal. Y ahí están los famosos fuera de campo, pasando por el uso de encuadres para crear escenas de suspenso. La segunda parte con la aparición del demonio corresponde a los creadores de Saw (irónicamente, su guionista tiene un papel importante) donde todo se vuelve un poco mas bizarro y donde es notable la influencia, como se dijo antes, del terror italiano. Afortunadamente, Wan tiene cierta idea sobre cine, por lo que en ningún momento sentimos ese cambio forzado, es más: nos da a pensar en las miles de criaturas con las que soñábamos antes de irnos a dormir. Todo esto va espléndidamente con el argumento del film que habla sobre recordar el pasado, en especial la niñez cuando una sombra podía despertar en nosotros los peores temores y ver cualquier cinta de terror nos provocaba noches de insomnio. Eso es Insidious, la vuelta a nuestros miedos de la niñez. Y como todo recuerdo terrorífico siempre vuelve una vez más para un último susto.

0

The Life and Death of a Porno Gang (2009)

Marko es un director novato que quiere realizar su primer film de horror, con una crítica social bien marcada. Luego de ir a varias productoras y obtener incontables negativas, termina conociendo al rey del porno en Belgrado y comienza a trabajar con él, pero como aun quiere hacer su film de horror, termina embaucando a este personaje nefasto, quien al descubrir el engaño decide escapar de Belgrado. Así es como se genera la Porno Banda: junta a un par de amigos, a unos actores porno, a su novia y deciden hacer un espectáculo teatral que consta en actos sexuales en vivo y en directo, a lo largo de cada pequeño pueblo serbio. Las comparaciones con A Serbian Film son obvias e inútiles. Por qué? Porque los únicos puntos que unen a esta película son el cine porno y la temática snuff, pero mas allá de eso, son dos películas completamente diferentes, y a continuación explicare porque: A Serbian Film es una cinta diagramada para crear escándalo, tiene un guion decente que si bien no es excelente cumple, es nihilista al extremo y la crítica al mercado porno está presente. Pero The Life and Death of a Porno Gang es una obra con una crítica social evidente en cada minuto, el guion es superior a su antecesora, esta mejor elaborado y es mas solido. A pesar de tener sus falencias, creo que es superior, tiene gore, pero no en demasía (lo justo y necesario) y, aun así, es solo un accesorio que si bien impacta, los golpes del film son puramente psicológicos, dejando un verdadero sabor amargo, en todo momento, mostrando la situación de un país devastado por la guerra y la violencia constante. La mayor falencia del film creo que es la dirección: se podría decir que cumple, pero no mucho más, y allí radica el dilema. Si esta película hubiese estado dirigida del modo que esta A Serbian Film seria una cinta excelente y podría ser admirada por cualquiera, pero el hecho de mezclar la cámara en mano al estilo “falso documental” y el estilo amateur le saca un poco de calidad artística. De todas formas, se disfruta de igual manera. En resumidas cuentas, The Life and Death of a Porno Gang no es una mala película, sino que todo lo contrario: es una producción más que decente que entretiene y se deja ver, con un buen guion y escenas que van a ser difíciles de sacar de la cabeza. Muy recomendable.

0

The Ward (2010)

Una aclaración antes de hablar del film. Discrepo con la mayoría de los fanáticos del género terrorífico sobre cómo se tiene que ver a un director. Basta mencionar, como ejemplo, a Dario Argento con La Terza Madre (2007) la cual fue criticada porque A) no tenía el aspecto visual típico de un film de director italiano y B) era cómica. ¿Desde cuándo quedarnos solo en la superficie es bueno?, ¿es solo la estética de un film de Argento lo único que vemos? ¿Por qué no se nos ocurrió por ejemplo que La Terza Madre era parte del euro terror donde siempre predomino el humor, el camp y lo bizarro y que a la vez era una vuelta al cine de la década del 80? Pero no Argento ya no hace tomas raras y no hay luces psicodélicas por ende la películas es mala. Esa actitud de poner a los directores dentro de una especie de ataúd de vidrio en la que si no hace tal o tal cosa no es una película de autor es lo que más molesta. Y si, es una mirada limitada. The Ward, el regreso de Carpenter sufría de esa expectativa de tener que ser la nueva Halloween (1978) cuando en realidad esas expectativas solo eran creadas en la mente de los espectadores. El director norteamericano no necesita ya darle una obra maestra (¿desde cuándo una película se convierte de culto al apenas salir?) a los fans. Si, es cierto aun quiere filmar pero no le debe nada a nadie desde hace tiempo. Otra cuestión es el tema de si es predecible, si lo que vimos ya se ha hecho anteriormente. ¿Cuántos supuestos fans tardaron en ver Halloween? Y al principio deben haber pensando que era más de lo mismo pero por tener esa idea de lo primero es lo mejor o es Carpenter decidieron ver para otro lado. Que una película sea predecible o que lo que veamos se haya visto incontables veces no la convierte en mala. La diferencia está en cómo lo narra. Y por más predecible que sea aun así vemos que John Carpenter es alguien que no solo sabe narrar sino que también conoce perfectamente el género. The Ward es un cuento de fantasmas principalmente. Y Carpenter, conociendo el género, sabe lo que hace a un film de fantasmas interesante. No es raro que en varios momentos nos dé la sensación de estar viendo un film clásico de terror porque eso es justamente lo que el director quiere. El director toma un guión normalucho y lo convierte en otra cosa. En uno de esos cuentos de fantasmas que leíamos de niños (vean sin ir más lejos el desenlace). Además de ser una vuelta al cine de la década de los 80 (vean los maquillajes sino) Y no solo eso, también está repleta de grandes secuencias de suspenso y tensión (cada secuencia de escape del hospital es todo una forma de hacer cine). Además Carpenter, inteligente, prefiere contar una historia y dejar que la misma historia se desarrolle normalmente hasta que aparezca la primera truculencia. Es más dentro de la historia hay una secuencia que se conocerá al final lo cual mantiene el interés. Y sin hablar que hay varios momentos en que uno siente que está viendo Halloween 2 (ya sabrán a lo que me refiero) lo cual hace pensar en toda la carrera de Carpenter. Ese conocer del género le da también la posibilidad de burlarse de todo, de tener momentos cómicos. Estamos y repito ante alguien que conoce el género perfectamente. Y seamos sinceros: un solo plano de Carpenter tiene más peso que cualquier plano virtuoso de Rob Zombie, Alexandre Aja y James Wan juntos. (Vean sino como el director norteamericano necesita solo un plano para decirnos en que época estamos sin recurrir constantemente a cosas de aquella época). Da miedo The Ward. Posiblemente en la actualidad no pero siempre es bueno ver a alguien que por lo menos sabe mantener una trama y que ofrece secuencias de tensión impecables (repito un director sin el historial de Carpenter no lo habría sabido hacer) ¿Entonces que sea predecible, que lo que veamos sea haya visto anteriormente convierte a The Ward en una mala película?. No, la diferencia es ver a alguien que conoce el género de alguien que no lo conoce. ¿Qué importa que no tenga la música típica del cine de él? ¿Eso hace mejor al film? ¿Por qué mejor no nos fijamos en lo que quiere contar y si lo logra? ¿Y qué importa si tiene o no sentido? Lo divertido es subirse a una montaña rusa donde hay sustos risas y cosas grotescas (algo de eso decía el director en 1978 con respecto a Halloween) Una cuestión que demuestra el porqué John Carpenter con esta nueva película sigue siendo uno de los mejores directores que existen. Y el bonus track es la actuación de Amber Heard la cual es muy buena.  
0

Splice (2009)

En Species (1995), una criatura genéticamente creada escapaba del laboratorio y evolucionaba rápida y peligrosamente hasta convertirse en la curvilínea Natascha Henstridge, momento en el que pasaba a “cazar pareja”. Hay todo una serie de esas películas. Si prendimos el televisor en algún momento durante los 90s, las enganchamos por Space. Hay todo un género de películas de horror serie B en las que una mujer sexy es realmente un alienígena disfrazado que está buscando procrear. Splice es un golpe de nostalgia hacia aquellos viscosos viejos campos. Clive (Adrien Brody) y Elsa (Sarah Polley) son un matrimonio de científicos que despuntan en el área de manipulación genética. Básicamente hacen de ingenieros a nuevas formas de vida para poder cultivar “mejores proteínas”. La primera escena los tiene dando vida a una criatura que tiene toda la pinta de ser una lengua de vaca animada. Con un hachazo financiero colgando sobre sus cabezas, toman el riesgo de crear una criatura combinada con ADN humano. El resultado es “Dren”, que a los días desarrolla el cuerpo de la modelo francesa Delphine Chanéac (aguijón y branquias opcionales). Criar, esconder y lidiar con “Dren” es el meollo de la película. Brody y Polley como el matrimonio de batas blancas son un gran error de casting. Al menos Brody es demasiado bueno para este tipo de chascos genéricos. Difícil creerlos científicos, siquiera casados. Se visten y actúan más como los White Stripes, saliendo en portadas de revistas y dando conferencias de prensa, y menos como las ratas de laboratorio que supuestamente son. ¿Pero importa realmente quiénes actúan o no? Clive y Elsa representan a la audiencia (y su estupor) ante la mirada de “Dren”, el único atractivo de la película. Como ciencia ficción, Splice hiede a reciclaje de tercera categoría. Como pornografía, o más bien softcore fantástico, presenta los fetiches necesarios para reunir a algún que otro seguidor de las series Species y Decoys. Como ellas, la película mezcla el erotismo y el horror en un mismo trago. La perversión toma escalas mayores hacia el final, cuando entran en juego las palabritas asesinato, violación e incesto. Lo gratuito de todo ello ofenderá a algunos y asqueará a otros. La verdad es que Splice es una película inocua dentro de su inocencia efectista, y como que da igual verla o no.

0

Lesbian Vampire Killers (2009)

Lesbian Vampire Killers nace de la nueva vena cinematográfica inglesa explotada por Edgar Wright (director de Shaun of the Dead y Hot Fuzz). Debido al mismo defecto congénito, inserta a una dupla dinámica (interpretada por un famoso dúo televisivo, James Corden y Matthew Horne, de Horne & Corden y Gavin & Stacey), a su vez inadaptados sociales, en una situación de extrema violencia. La trama sigue a dos amigos de vacaciones en una Inglaterra gótico/rural. Como suele ser la costumbre por aquellos lares, uno de ellos es el Elegido, y debe detener el fin del mundo de la mano de, sí, vampiresas lesbianas. Ninguna película nacida de un chiste puede ser tomada muy en serio; Lesbian Vampire Killers lo acepta de entrada y prepara el terreno para una comedia sonsa, sin mayores pretensiones que la de emular el cine de Wright y su dúo fetiche Simon Pegg y Nick Frost. Tal vez la principal dolencia de la película sea que al parodiar el género de terror, adopta su sintaxis, y se vampiriza en el acto, convirtiéndose en una película más. El cine de Wright, siempre más sutil, mantiene el objeto de burla en la periferia, sirviéndose de tal o cual elemento semántico de a cuentagotas. La comedia la encuentra al banalizar los clichés, no al repetirlos y hacer notar que los repite. Y supongamos que adoptamos una posición más laxa en cuanto a la ideología de sus creadores, el director Phil Claydon y los productores de MTV devenidos en escritores, Stewart Williams y Paul Hupfield. Nivelemos con una película clase-B y seamos magnánimos con ella. Comencemos por señalar su magro aporte en materia de lesbianismo, primerísima promesa que se nos hace ya desde el título. La película cuenta con uno de los elencos femeninos más sexuados y filmados en cámara lenta del género, ¿será posible que en ningún momento la cámara pierda pulcritud y se vuelva digna del título que filma? Para una trama que orbita el lesbianismo vampiresco, la sexualidad presentada es marginal. ¿Al año, cuántas escenas de ducha son filmadas del cuello para arriba? Me siento traicionado. En segundo lugar tenemos el ritmo ecléctico de la película. Parece no encontrar equilibrio en ningún departamento artístico. Desde el caricaturesco énfasis en los sonidos hasta la melodramática composición musical, y los desagradables saltos entre el CGI que podríamos encontrar en producciones como Sin City o 300 hasta la escenografía de un Ed Wood o Roger Corman de los ‘50s, completa con árboles de telgopor, la película se presenta heterogénea y desequilibrada. No ayuda que edite James Herbet, mejor conocido como el psicodélico montajista de Guy Ritchie (Revolver, RocknRolla, Sherlock Holmes). Herbert hace lo que sabe hacer mejor: acelerar y lentificar azarosamente escenas que pueden ser bien de acción como las de un personaje que se sienta en una silla. El efecto, bien logrado, desentona con los ya barrocos elementos de la película. En el lado bueno, si queremos encontrar uno, hay más de un diálogo pasable, puntuado por algún destello de genialidad (no tanto las interacciones entre el dúo principal como con los personas menos desarrolladas, la ex de Corden, o el vicario, por ejemplo). Los efectos especiales son de la línea Sam Raimi, a lo Evil Dead: bien logrados, de una estética cruda y risible. No se me ocurriría recomendar esta película por otro motivo que poder decir que vi un film llamado Lesbian Vampire Killers.

0

Silent Hill (2006)

Silent Hill es la franquicia de video juegos Konami pertenecientes a aquel raro género de la industria en el que prima la exploración y el ingenio por sobre el combate y las escenas de acción. El llamado survival horror. Sus insignias son monstruos palpitantes y espásticos, implícita sexualización y todos los lugares comunes del terror psicológico. Cuenta con más de siete juegos a la fecha; la peli, del 2006, fue hecha antes del quinto, y es una suerte de compendio de los primeros cuatro, tomando la trama del primero, los monstruos del segundo, y música y referencias del tercero y el cuarto. Rose Da Silva (Radha Mitchell) lleva a su hija adoptiva Sharon (Jodelle Ferland) al pueblo fantasma Silent Hill. No queda muy en claro para qué. Sharon es sonámbula y murmura el nombre entre sueños, aparentemente el procedimiento adecuado es llevarla allí. Un accidente automovilístico las separa, y Rose se pasa dos horas buscándola, sorteando todo tipo de criaturas espantosas, cultos satánicos y dimensiones alternantes. Lo que me gusta del juego (no que importe, hablando de la película) es su dirección artística y su diseño sonoro, entramados magistralmente para generar aquel sentimiento tan característico de angustia e impotencia. En cierta medida esto se traduce en la película: Akira Yamaoka, famoso compositor de la serie, presta sus mejores obras al largometraje, y los estilizados escenarios llenos de óxido, sangre y sarro hacen el resto. Por otro lado, la historia siempre me ha resbalado. A excepción de contados juegos, la trama que guiona la serie es del todo pretenciosa, a menudo contradictoria y casi siempre mal actuada. Otra adaptación bien lograda: todos estos aborrecibles atributos se hacen presentes y llegan a tiempo para frustrar a los fanáticos y confundir a los demás. A saber que la cinematografía es superior al producto final y el guión no se la merece; a falta de presupuesto hay cierta escasez de monstruos, Ferland (la nenita esquizoide de Tideland, con roles de psíquica en Carrie y vampiresa en la nueva de Twilight) siempre bienvenida en un rol macabro, y el elenco está compuesto en un 90% por mujeres. Originalmente en un 100%, pero alguien “de arriba” se quejó e inventaron a último momento al personaje de Sean Bean, marido de Rose, junto a una insulsa y prolongada sub-trama que en poco y nada se relaciona con la principal. El director es Christophe Gans, proclamado adicto a la serie. Su visión de Silent Hill es fiel en muchas cosas y alevosa en tantas otras; no deja de ser una de las mejores adaptaciones cinematográficas de video juegos (una rareza). Pero nunca termina de configurar una historia que halle un punto medio que logre satisfacer a los fans con una digna adaptación y proveer una historia coherente y comprensible para el espectador casual, principal componente de la audiencia.

0

Inception (2010)

Ver una película de Christopher Nolan es como sentarse a jugar una partida de ajedrez sin conocer muy bien las reglas y bajo la sospecha de que el otro en cualquier momento va a hacer trampa. La palabra que busco no existe. Es una glosa hipotética entre ‘incomodidad’ e ‘incertidumbre’. La narrativa fragmentaria de Following (1998), la estructura inversa de Memento (2000) y las tramoyas visuales de The Prestige (2006) son algunos buenos ejemplos. Películas que invitan al espectador a participar atónito en su devenir. Aún si nos cuesta seguirles el ritmo, el ejercicio nos cae gratificante. Una suerte de masoquismo del saber, donde disfrutamos perdernos en la lógica de la historia y buscar la salida a tientas. Inception (2010) es su película más nueva, costosa e intrincada, por sobre todo intrincada. Nolan tardó tan solo diez años en escribirla. Luego de resucitar y colgar la franquicia de Batman, regresa a los guiones originales y los malabares narrativos. Cobb (Leonardo DiCaprio) es un profesional del arte de “robar ideas”. La tecnología del mañana nos permite infiltrarnos en los sueños de los demás para robar sus ideas, que cotizan bastante en el hostil mundo de los conglomerados y multinacionales. El líder de una de estas contrata a Cobb y a su equipo, no para robar una idea sino más bien implantarle una a un enemigo corporativo, con tal de que disuelva su imperio y elimine parte de la competencia. Implantar ideas, no obstante, es tanto más difícil que robarlas. La mente las reconoce como foráneas y las rechaza instintivamente. Cobb y compañía deben diseñar, implantar y sortear espacios laberínticos en la mente del joven Robert Fischer e internarse en “sueños dentro de sueños dentro de sueños” (potenciados hasta el infinito, tal vez) para escapar sus defensas, a todo momento sincronizando y calculando sus respectivos escapes de cada círculo de ensueño. Agotadora y jaquecosa. Una suerte de Matrix onírica, acomplejada por la lógica del subconsciente humano, más complicada y menos pretenciosa que el pastiche mitológico de los hermanos Wachowski. Como en la mayoría de las películas de Nolan, la gracia es vivirlas en ese estado mezcla de estupor y confusión. Articula tantas variables, personajes, dimensiones y realidades difusas que pasamos los primeros veinte minutos sobrecogidos. De ahí en más la acción se desarrolla con Cobb o equipo explicando qué sucede y por qué, lo cual nunca termina de simplificar la película, si bien la exacerba de exposición. Actúan los veteranos “alumnos Batman” de Nolan, Cillian Murphy, Ken Watanabe y Michael Caine, los excelsos desconocidos televisivos Joseph Gordon-Levitt y Tom Hardy, la joven Ellen Page en un papel que sobrevive los lugares comunes de la adolescencia en el cine y Marion Cotillard como Mal (¡símbolo!), el fantasma de la mujer de Cobb, que le persigue entre sueños y le gustaría que su marido no se despertara y le acompañara por la eternidad. Diciendo lo menos, la relación es enfermiza. Cobb será el ladrón, pero Cotillard roba todas sus escenas con la facilidad de su espeluznante presencia. Dicho sea de paso, ¿Leo DiCaprio no era ya perseguido por la memoria de su difunta esposa en Shutter Island? ¿Y no se le muere otra en Revolutionary Road? No recuerdo un solo papel que lo tenga felizmente casado al final de una película. Tal vez la palabra que buscaba era grandioso, hablando desde la grandilocuencia. Desde la ominosa banda sonora de Hans Zimmer, compositor de música sublime por excelencia (aquí entre sutil y tronadora) hasta los efectos especiales que literalmente enrollan ciudades, recrean peleas en gravedad cero y coreografían algunas de las persecuciones más entretenidas desde la misma Dark Knight (2008) hasta clásicos como Bullitt (1968) y The French Connection (1971). Nota mental hecha a lo largo de la película: ¿por qué todos los sueños invariablemente desembocan en tiroteos? La película honra todas las convenciones de los géneros que toca – acción, ciencia ficción, crimen, thriller – pero por otro lado ostenta una rara pureza. Tal vez sea el orden y la importancia que le da a estos elementos, o la naturaleza espiralada de su historia. Lo cierto es que la laberíntica Inception es una de las pocas experiencias originales que Hollywood puede ofrecer estos días, y estoy listo para perderme en ella cualquier otro día.

0

Growth (2010)

Desde que Mary Shelley no encontrara nada bueno en la televisión y en su aburrimiento se pusiera a escribir una fría noche de invierno allá por 1818 El nuevo Prometeo, los científicos en la ficción no han hecho más que causar problemas. Son todos locos que crean monstruos, o buena gente que [accidentalmente] crea monstruos. La paranoia atómica cincuentona de la guerra fría terminó de cimentar el estereotipo. Recuerden The Beast of Yucca Flats o los bochornos de Ed Wood. El científico en Growth es uno de tales estereotipos. Tiene bata blanca y algo le sale mal. Curioso como todos los experimentos genéticos últimamente convierten a la gente en zombis, si por zombis nos olvidamos del canon de George A. Romero y ampliamos la definición a cualquier idiota infeccioso inyectado de adrenalina con proclividades violentas y un severo caso de acefalía. En una isla de nombre chistoso uno de estos experimentos sale mal; un tiempo después, en una de las excusas más inverosímiles jamás usadas para situar a un grupo de adolescentes ilusos en un sitio que los matará de a uno, la sobrina del tordo principal (y amigos) llegan a limpiar el lugar y cobrar herencia. Caos, acto seguido. El desastre científico se traduce en una especie de sanguijuela, plaga de la isla, que se mete bajo la piel a lo Momia y zombifica al sujeto. En un intento desinteresado de originalidad, el comienzo está construido a modo de “falso documental”. Lo que se muestra es más gracioso que otra cosa. Imaginen una cruza entre The Office y una película de zombis. Michael Cowan es el escritor/director. Actúan los sospechosos de siempre, de series televisivas adolescentes – la chica líder/sobreviviente, el nerd, la perra, el popular. Richard Riehle es el científico bueno, Ian Patrick Williams es el malo. Growth queda dividida entre los vergonzosos discursos cuasi-científicos acerca de evolución y progreso, y escenas inconexas de adolescentes corriendo por el bosque. La historia, de ritmo flácido y tensión brillantemente ausente, cae en todos los lugares comunes, ahondando en cada pozo con saña. El diálogo en particular: 45% expositivo, 45% de stock, 10% onomatopéyico. El énfasis recae sobre los efectos digitales y el asco relativo ocasionado por esos gusanitos subdérmicos. Palabra recién inventada.  

Pages:12